Cómo somos la gente. Un libro que explica por capítulos cuál es la mejor manera de hacerle la puñeta a tu enemigo, haciéndote consciente de sus desventajas y limitaciones y sacándoles el máximo partido, se ha convertido en un clásico, un referente del mejor pensamiento práctico, y ha trascendido durante siglos manteniendo su vigencia. Inteligencia para derrotar. Pero... y para entendernos, ¿qué?
El libro sobre cómo entenderte con tus semejantes, anticiparte a sus argumentos, poniéndote en su lugar, desarrollando consecuencias diferentes a las suyas con la misma base... el libro que trate de cómo las palabras intentan superar los prejuicios, las premisas basadas en intenciones supuestas, no demostradas, o sólo temidas, ese libro, si se ha escrito, debe de ser el más denostado e ignorado de todos.
La clave está en las emociones. Todo lo racional está limitado por lo emocional. Y la página de ese libro que habla de cómo los estados de ánimo, de cómo la relación personal que haya entre los que discuten (ni siquiera tienen un nombre concreto, como los enemigos, reconocibles y opuestos) condiciona no sólo su estrategia, sino incluso el contenido de sus argumentos, esa página, debe estar arrancada.
Y me cuesta mucho abrir mi percepción a algo que dé una explicación conjunta con lo racional y lo emocional, que parecen ser antagónicos. Me pregunto: ¿por qué lo que parece respeto por un enemigo en una lucha de argumentos tiene que parecer falta de respeto por un amigo? Yo creo verlo en la carga emocional.
No sé si seré capaz de expresarlo tal como lo pienso, pero lo intento.
Entiendo que tiene que tratarse de una cuestión de "expectativas". Al fin y al cabo, la etiqueta "enemigo", esa certeza al ponérsela a alguien, facilita mucho las cosas, ya que nos permite canalizar nuestras emociones en una sola dirección: La contraria a la suya. Las expectativas con un enemigo reconocido (el que también nos tiene como tal a nosotros) son siempre las mismas e impiden la sorpresa.
Sin embargo, con una persona a la que no consideramos nuestra "enemiga", pero a la que no etiquetamos en reconocimiento de su libertad para sobrepasar posibles prejuicios que pudiéramos aplicarle, limitándola, sólo es posible la incertidumbre.
Y ante esa incertidumbre, nacida como digo de nuestro deseo de no atentar contra su libertad de ser, cabe todo: La frustración, la decepción, la esperanza, la sorpresa, la complicidad, la indignación, la desilusión... Emociones.
Por eso siempre hace más daño un amigo que un enemigo. Por las expectativas.
El libro sobre cómo entenderte con tus semejantes, anticiparte a sus argumentos, poniéndote en su lugar, desarrollando consecuencias diferentes a las suyas con la misma base... el libro que trate de cómo las palabras intentan superar los prejuicios, las premisas basadas en intenciones supuestas, no demostradas, o sólo temidas, ese libro, si se ha escrito, debe de ser el más denostado e ignorado de todos.
La clave está en las emociones. Todo lo racional está limitado por lo emocional. Y la página de ese libro que habla de cómo los estados de ánimo, de cómo la relación personal que haya entre los que discuten (ni siquiera tienen un nombre concreto, como los enemigos, reconocibles y opuestos) condiciona no sólo su estrategia, sino incluso el contenido de sus argumentos, esa página, debe estar arrancada.
Y me cuesta mucho abrir mi percepción a algo que dé una explicación conjunta con lo racional y lo emocional, que parecen ser antagónicos. Me pregunto: ¿por qué lo que parece respeto por un enemigo en una lucha de argumentos tiene que parecer falta de respeto por un amigo? Yo creo verlo en la carga emocional.
No sé si seré capaz de expresarlo tal como lo pienso, pero lo intento.
Entiendo que tiene que tratarse de una cuestión de "expectativas". Al fin y al cabo, la etiqueta "enemigo", esa certeza al ponérsela a alguien, facilita mucho las cosas, ya que nos permite canalizar nuestras emociones en una sola dirección: La contraria a la suya. Las expectativas con un enemigo reconocido (el que también nos tiene como tal a nosotros) son siempre las mismas e impiden la sorpresa.
Sin embargo, con una persona a la que no consideramos nuestra "enemiga", pero a la que no etiquetamos en reconocimiento de su libertad para sobrepasar posibles prejuicios que pudiéramos aplicarle, limitándola, sólo es posible la incertidumbre.
Y ante esa incertidumbre, nacida como digo de nuestro deseo de no atentar contra su libertad de ser, cabe todo: La frustración, la decepción, la esperanza, la sorpresa, la complicidad, la indignación, la desilusión... Emociones.
Por eso siempre hace más daño un amigo que un enemigo. Por las expectativas.
