Las cosas me estaban yendo lo bastante bien como para no venir a desahogarme al blog. Umm… debería ajustarme más a lo que quiero decir en realidad. A ver, no es que ahora me vayan mal. Mejor decir que hay veces que me tomo peor las cosas de siempre, y acabo aquí. Sí, eso es más apropiado.

En fin. ¿Y de qué voy a desbarrar hoy? ¿Otra vez de ansiedades y frustraciones? Creo que no. ¿De por qué tenemos miedo a los demás y vivimos con careta? Tampoco. ¿De lo imposible que es expresar nuestros sentimientos y estados de ánimo con palabras? No, que entonces ni habría entrado.
En realidad venía pensando estos días en qué es este blog para mí. ¿Para qué me sirve? Quiero decir, si no me aturullo, que sé de sobra por qué lo abrí, pero me pregunto si cumple con una de las misiones que le atribuí al empezarlo.
Por ejemplo, ahora estoy pensando en lo bien que me ha venido hablar en público de muchas historias negativas, propias o de afines, con la ventaja del anonimato… y ¡plaf! justo ahí, donde aparece la idea de “anónimo”, y de lo útil que es para evitar que nos hieran desconocidos al saber “demasiado” de nosotros (¿”demasiado?”= lo justo como para convertir nuestro más pequeño signo de debilidad en algo con lo que dominarnos), es justo ahí, digo, donde el blog falla.
Donde fallamos con el blog.

¿Por qué? Para responder a esto, yo cuento con un factor externo al blog, sin el cual seguramente no habría podido caer en la cuenta de lo que os digo:
Yo hablo (y escucho) a diario con alguien que me conoce en persona, conoce mi pasado y mi presente, y veo con total claridad qué distinta es la comunicación verbal de la escrita en cuanto a su capacidad para ser lo más fiel al sentimiento y al pensamiento que la causan. De forma que si son los comentarios de esa persona los más precisos es por algo ajeno, por encima del texto. Si son los más certeros y exactos, no tiene nada que ver con cómo los he expresado en el blog.
Y lo que todo ello implica es: Que siento que el anonimato y la escritura convierten mi comunicación con todos los que no me conocen en persona en una partida de poker con las cartas marcadas. Y “jugar” las manos sabiendo cuál es resultado antes de empezar me hace sentir el “juego” como una trampa, y lo que es peor, como algo inútil. Y no me consuela saber (siguiendo con el símil) el valor que hay en jugar por jugar, ya que me importa mucho ese objetivo del que hablé antes por el cual abrí el blog.

Así que con estas paranoias me he pasado las últimas fechas. Pensando en que hay algo incompatible entre ser anónimo y conocerse a uno mismo. Por eso me he planteado terminar el blog. Al fin y al cabo, el papel que le di no lo cumple ya, si de veras lo hizo alguna vez. Pero no es algo tan simple como cerrarlo y adiós. Bien podría reconvertirlo, otorgarle otro valor, y así otro objetivo. Eso cambiaría sus contenidos, aunque lo ya escrito perdurará, y quizás eso lo convierta en más aburrido… pero francamente, si eso me hiciese vacilar y seguir jugando marcado, ya no sería yo.
En fin. ¿Y de qué voy a desbarrar hoy? ¿Otra vez de ansiedades y frustraciones? Creo que no. ¿De por qué tenemos miedo a los demás y vivimos con careta? Tampoco. ¿De lo imposible que es expresar nuestros sentimientos y estados de ánimo con palabras? No, que entonces ni habría entrado.
En realidad venía pensando estos días en qué es este blog para mí. ¿Para qué me sirve? Quiero decir, si no me aturullo, que sé de sobra por qué lo abrí, pero me pregunto si cumple con una de las misiones que le atribuí al empezarlo.
Por ejemplo, ahora estoy pensando en lo bien que me ha venido hablar en público de muchas historias negativas, propias o de afines, con la ventaja del anonimato… y ¡plaf! justo ahí, donde aparece la idea de “anónimo”, y de lo útil que es para evitar que nos hieran desconocidos al saber “demasiado” de nosotros (¿”demasiado?”= lo justo como para convertir nuestro más pequeño signo de debilidad en algo con lo que dominarnos), es justo ahí, digo, donde el blog falla.
Donde fallamos con el blog.
¿Por qué? Para responder a esto, yo cuento con un factor externo al blog, sin el cual seguramente no habría podido caer en la cuenta de lo que os digo:
Yo hablo (y escucho) a diario con alguien que me conoce en persona, conoce mi pasado y mi presente, y veo con total claridad qué distinta es la comunicación verbal de la escrita en cuanto a su capacidad para ser lo más fiel al sentimiento y al pensamiento que la causan. De forma que si son los comentarios de esa persona los más precisos es por algo ajeno, por encima del texto. Si son los más certeros y exactos, no tiene nada que ver con cómo los he expresado en el blog.
Y lo que todo ello implica es: Que siento que el anonimato y la escritura convierten mi comunicación con todos los que no me conocen en persona en una partida de poker con las cartas marcadas. Y “jugar” las manos sabiendo cuál es resultado antes de empezar me hace sentir el “juego” como una trampa, y lo que es peor, como algo inútil. Y no me consuela saber (siguiendo con el símil) el valor que hay en jugar por jugar, ya que me importa mucho ese objetivo del que hablé antes por el cual abrí el blog.
Así que con estas paranoias me he pasado las últimas fechas. Pensando en que hay algo incompatible entre ser anónimo y conocerse a uno mismo. Por eso me he planteado terminar el blog. Al fin y al cabo, el papel que le di no lo cumple ya, si de veras lo hizo alguna vez. Pero no es algo tan simple como cerrarlo y adiós. Bien podría reconvertirlo, otorgarle otro valor, y así otro objetivo. Eso cambiaría sus contenidos, aunque lo ya escrito perdurará, y quizás eso lo convierta en más aburrido… pero francamente, si eso me hiciese vacilar y seguir jugando marcado, ya no sería yo.
