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lunes, 12 de octubre de 2009

Las mejores intenciones.


Con las mejores intenciones puede hacerse mucho daño.

Veamos un supuesto práctico:

Dos amigos conversan en profundidad sobre sus respectivas actitudes en sus relaciones personales: Si son en pie de igualdad, o si (desgraciadamente como en el 90 % de las veces) se viven en un desequilibrio por el cual la tercera persona o ellos mismos se sienten necesitados del otro. Sea como fuere, entre esos dos amigos uno detecta que su misma relación consiste en una dependencia, ya que el uno ha llegado varias veces a afirmar que el otro tiene razón en sus razonamientos, a los cuales el uno dice que no habría llegado.El caso es que uno de los dos se apoya en el otro para encontrar respuestas, y ahí está el quid de la cuestión.

No me lío. Sí, acertais. Esta es una entrada más acerca de la dependencia. Uno de mis fantasmas recurrentes. Como John Nash, que aprendió a convivir con sus fantasmas en “Una Mente Maravillosa”, yo intento convivir con el fantasma de la dependencia en las relaciones personales. Y me la encuentro continuamente. No niego que lo ideal es relacionarse con la confianza de que no hay un sentimiento de responsabilidad y/o de protección que condicione.

Sin embargo, para bien o para mal (ya os digo que a mi humilde entender es para mal), siento que la tendencia natural de las personas es la de construir relaciones de dependencia con los otros. Al fin y al cabo, nacemos de lo más dependiente que podamos imaginar, y como niños y adolescentes crecemos pendientes de modelos de conducta, bailando entre unos y otros, y así construimos lo que somos.

Lo difícil es dar otro paso más. Así que, retomando nuestro supuesto práctico, lo más lógico y coherente es, una vez detectada esa dependencia, advertírsela a la otra parte, y combatirla de algún modo.

Ayyy, pero ése es el por qué de esta entrada: ¿Cómo combates una dependencia que forma parte de esa amistad tan profundamente que es la misma esencia de esa amistad? O sea, que es la que diferencia e identifica a esa amistad frente a cualquier otra.

Y pensando en ello, veo que la cosa consiste básicamente en decidirse entre dos opciones:
- Hacer como tan bien expresó Shakespeare en unos versos (leídos en una entrada reciente de Majo, y que vienen aquí como anillo al dedo), no tocar algo para no estropearlo cuando lo que se pretendía era mejorarlo,
- O ser leal a los propios principios (algo tan escaso hoy día), deshacer y volver a levantar una y otra vez lo construido hasta que quede equilibrado, y perseverar en ese ideal, aún a sabiendas de que... con las mejores intenciones puede hacerse mucho daño.

Quien os habla no es el rey del mambo. Puede hablar sereno de la dependencia, seguro de que la conoce bien. Pero... ya sabéis, este supuesto en realidad le sucedió a un amigo. ;-p

sábado, 4 de abril de 2009

A vueltas sobre lo mismo



- ... y me fui dando cuenta de que sucede siempre. Y no tiene pinta de parar: Como no hay dos personas iguales, es imposible evitar esos típicos malentendidos por dar por hecho que el otro hará lo que nosotros haríamos. Y ¡plaf! no lo hace.

- ¡Justo! Y es verdad que no hay remedio que lo impida... así que más vale asumirlo. Y me dirás: ¿Qué entiendes tú por "asumirlo"? Y yo te diría: "Hombreee, asumirlo es reconocer que el otro es libre de sorprenderte. Cómo decirlo... A ver, que cada cual tiene sus ideas sobre en qué consiste la confianza, palabra mágica, y que cuanto más pones de tu parte para completar los "huecos" en los que no conoces al otro, más fácil es que haya un malentendido, por mucha confianza que exista".
Ya sabes. Aparecen los "no me parece normal", los "no sé si esto va para alante o para atrás", "me desconciertas"... cuando precisamente tú no has hecho nada con la intención de desconcertar a nadie.

- Ya. Y los "el que te entienda, que te compre", y "déjalo, no pasa nada, si no te voy a comprar"... Pues a eso iba. Que al final, es como si fuera una cuestión de tiempos. De ritmo. Uno está más acostumbrado que otro a profundizar en menos tiempo, con menos "material" disponible, por decirlo de alguna forma.

- No. Yaa, a ver, sí. Pero no sólo es por cosa de ritmos. Me refiero a que no todo se tiene que reducir a una suma de datos en un plazo de tiempo. Para mí son muy importantes los estados de ánimo, o sea, que como no estás siempre del mismo humor, unos días estás más comunicativo y otros menos. Y el otro está ahí, a piñón fijo, y eso hace que la confianza... como si menguara, como si hubiera recelos. Pero no tiene que ser nada personal contra esa persona en particular, sino que te sientes lejos de todos, como si lo buscases. Y el otro nunca sabe si quieres estar aislado para que te vengan a buscar, o porque en realidad no deseas compartirte con nadie. No sé.

- Buenoo... eso de que el otro está a piñón fijo... ya ves, cada uno es de su madre y de su padre...

- ¡O no!

- ¡JAJAJA! Yaaa, como lo de Martes y Trece, ¿no?: Elijo yo, que el hijo es mío. Tuyo, no sé, pero mío, sí.

- Sí, eso. Pero en serio, que por eso es tan difícil. Entre los ritmos, los estados de ánimo, la distancia y los horarios... menudo panorama.

- ¡Qué cuadro, señores, qué cuadro! En fin...


lunes, 19 de enero de 2009

... si tú quieres, claro.

Nada. Que voy a destripar la frase "Las personas no cambian".
Esta frase nos la suelen decir nuestros mayores. Y por "mayores" me refiero a toda persona que haya vivido una situación antes que nosotros (aunque pueda ser más joven en edad, y supuestamente haya reflexionado sobre ella) cuando quieren hacernos ver que perdemos el tiempo si pensamos que vamos a "modelar" a los demás a nuestro gusto.

Hombre, desde mi punto de vista, a esa verdad le salen unos cuantos matices. Me pregunto si podré hablar de todos ellos con un poco de organización...
Lo primero que mi experiencia me dice es que las personas no cambian... si ellas no quieren. Luego sí pueden cambiar. Así que la frase mejor debería decir "no puedes cambiar a las personas, si ellas no quieren hacerlo". Y sucesivamente, de aquí salen también otros matices.

Por ejemplo, no cabe duda de que quien realiza el cambio, en una costumbre, en una actitud, en varias relacionadas... quien lo ejecuta, es la propia persona. Es obvio. Pero... os habreis fijado cuántas veces escuchamos "me has cambiado", "antes de conocerte, yo era de otra forma" y cosas así. Sin meterme en profundidades, lo de atribuir algo que tenemos por mérito a alguien a quien apreciamos, aparte de modestia mal entendida, es un puro acto de cariño: Hacerle partícipe hasta llegar a convertir en operador del cambio a otro, cuando lo habremos hecho nosotros mismos.

En fin. Conozco casos cercanos en los que hubo quien comenzó feliz y embargado por la magia de las afinidades, de lo compartido, y terminó harto de sentirse mangoneado por su ya ex.

Y a esto es a lo que voy. Me arriesgo y lo digo: No hay una sola relación personal, tenga la etiqueta que sea, que no lleve aparejada una cierta tensión entre lo que cada uno es para el otro y lo que cada uno querría que el otro fuera realmente.

Me refiero a que lo más infrecuente en las relaciones es que cada uno acepte al otro como es, y que en el balance diario, semanal, mensual, el que sea... que hagan de su relación, encontrarán siempre aspectos del otro que preferirían que encajasen más con su criterio.

Esa tensión deriva siempre en conflicto, ya que empiezan las comparaciones, las frustraciones por no encajar, el "¿por qué no te pareces más a mí?" (cuando en realidad pensamos "por qué no te pareces más a lo que yo creo que deberías ser, a lo que yo quiero que seas").

También es posible que decidamos cambiar algo de nosotros aunque nunca lo hubiéramos visto como un problema, un generador de equívocos o malentendidos. Algo que nos conduzca a que los demás interpreten nuestros actos, nuestras palabras, como cargados con intenciones que realmente no tenemos.
A ver. Cuidado. No es que tengamos que cambiar por el criterio ajeno, en contra del nuestro. Si así fuese, caeríamos en la situación inicial de reproches y manipulación. Lo que digo es que puede ocurrir que otro, razonadamente, y con ejemplos en la mano (situaciones anteriores idénticas o muy semejantes), nos argumente que nuestro derecho a ser como somos colisiona con unos resultados que nos prejudican. Que una actitud nuestra no dice de nosotros lo que nosotros creíamos que decía.

Y para alguien como yo, que tengo por principio que nuestros hechos nos definen mucho más auténticos que nuestras palabras ("eres lo que haces"), este matiz da muchísimo que pensar.

Lo dejo aquí. No profundizaré más por ahora. Si os interesa, comentaréis algo, y seguiremos viendo interpretaciones posibles. Y si no, pues a otra cosa.

jueves, 15 de enero de 2009

Discriminación "positiva" , prejuicios y cintas de video

- Ella dijo:

No estoy a la altura. Donde tú estás, yo no llego. A veces hablas de una manera que me pierdo, y eso... me hace sentir menos. Inferior.
Hay veces que te leo y pienso: "Esta persona es demasiado para mí." Siento como que no encajamos, porque habrá muchas más personas con las cuales puedas entenderte hablando y escribiendo de esa manera y sobre esos asuntos, que te resultarán por ello mucho más interesantes y atractivas que yo. Ante eso, poco tengo que hacer.

Ya te he dicho en anteriores conversaciones que estoy convencida de que el atractivo intelectual es un imán invencible. Mucho más poderoso que el atractivo físico, o la química personal. Así que tengo muy claro que es cuestión de tiempo que pierdas el interés en mí que tienes ahora, y encontrarás a alguna persona con la cual encajes con mucha más facilidad, y que se exprese como tú, de esa manera que a mí me parece pedante, afectada, y que no comprendo que se use pudiendo decir las cosas mucho más simples.

Estás ahí, metido en internet, donde hay montones de personas interesadas en conocer y en darse a conocer, buscando lo mismo que tú, precisamente esa conexión intelectual, esas afinidades.
Compréndeme que es lógico que piense así.


- Él se siente de muchos modos malos en pocos segundos. Lo racional de su cabeza le dice que el razonamiento de ella es lógico, y legítimo. Aunque es un error. Un error bien razonado no deja de ser un error.
Lo malo es cuando ya nos metemos en el asunto de que para uno es un error y para otro es una verdad con la cual vivir. Un principio, vamos.
Y él al instante piensa: Eso que para ella es un principio, para mí es un prejuicio.

Eso es. Me está discriminando, por "ser más" que ella, con sus propias palabras. ¿Por saber más? ¿Por conocer y poder hablar de las ideas de científicos y filósofos? ¿Los mismos que ella no conoce simplemente porque en su día él tuvo acceso a ellos, y ella no? ¿Es posible discriminar a alguien por eso? Es posible.
Tal como lo ve él, es lo mismo que ella se aleje de él por tenerle por más y en consecuencia por sentirse menos ante él, que si él la menospreciase por "no estar a su altura intelectualmente".
De veras, ¿acaso no es el mismo desprecio sobrevalorar a alguien por lo que sabe que despreciarlo por lo que no sabe?
Él así lo ve. A fin de cuentas, el resultado de tal prejuicio es el mismo: Las personas se alejan.
Después, en un nivel más íntimo, él cae en la cuenta de que esto no es la primera vez que le sucede. La anterior persona con la cual le ocurrió estaba casada con él.
Entonces se pone triste. Ante todo, porque se da cuenta de que ha tenido que sucederle una segunda vez para comprender el por qué de muchos celos antiguos, de muchas actitudes carceleras, de muchos miedos y actitudes talibanes.
Y en su memoria guardará desde ahora esas dos maneras que conoce de responder a lo que es: La de Liliput y la del País de los Gigantes.

Ah! Se me olvidaba. Lo de las cintas de video es porque tengo un montón de ellas llenas de películas que ya tengo en CD. Si alguien las quiere, que avise. Si no, las tiro al contenedor amarillo.

lunes, 5 de enero de 2009

Te amo... aunque no te necesito

Amar no debería ser un "no puedo vivir sin ti" (por mucho que se sienta algo parecido). No se trata de competir en demostrar a quien amamos cómo lo pasamos de mal con su ausencia.
No hay nada egoísta en afirmar a quien amas que no le necesitas: Al contrario, le estás haciendo libre. Le dices: Te amo, pero no porque dependa de ti. Te amo porque me haces feliz estando. Podemos entonces deducir: Bueno, si te vas, entonces sufriré mucho... Y no tiene por qué ser así el amor: Si te vas, me dolerá, pero antes de que llegaras a mi vida, yo era una persona, y si realmente pensase que sólo puedo congeniar contigo, y tú no lo crees, entonces me tiraría de un puente... o te mataría: Ese amor inmaduro es el que lleva a los malos tratos psicológicos, a los físicos, al chantaje emocional, a anularse como persona, al "sin ti no soy nada", y a poner a otra persona al final de nuestra propia existencia.

Eso no es amor. Es miedo a estar a solas con uno mismo.
Y realmente las personas deseamos demasiado compartirnos como para pensar que sólo existe una única persona con la cual encajar.

lunes, 29 de diciembre de 2008

¿Fracasar?

Creo que muchos de nosotros vivimos una de las consecuencias de haber sido muy protegidos por nuestros mayores.
Creo que para evitarnos las dificultades que ellos pasaron, nos han protegido de tal modo que nosotros llevamos muy mal equivocarnos. Simplemente porque nos han ido resolviendo muchos problemas. Todo ello aderezado con el sentimiento de culpa que nos surge ( y que nos inculcan) cuando ven que fracasan sus expectativas con nosotros.
Confieso que sé que actualmente se trabaja por parte de los pedagogos en enseñar a los padres a que sus hijos resuelvan problemas ( no solamente lógicos, sino afectivos y de convivencia), para que su autoestima sea fuerte, y no les pase como a esta generación, que tantos "falsos fracasados" (licenciados trabajando de barrenderos, por ejemplo), o "autofracasados" ha dado.

Caerse de la burra

Es verdad que es muy doloroso sentirse equivocado, contrariado, arrepentido... Pero sólo cabe pensar que fallar, o fallarnos a nosotros mismos, forma parte del madurar. Si no decidimos nosotros, ¿acaso preferiríamos la comodidad de dejar a alguien que decidiese por nosotros?
¿Qué es mejor? decidir uno mismo, pudiendo equivocarse, o dejar que decida un marido, una esposa, una madre, un padre... otro.
Hay personas que se dejan conducir por la vida. Yo me he dejado llevar, y cuando decidí que prefería dejar de ser conducido, la primera sensación que se tiene es si fue un error ese cambio. Hay quien no puede afrontarlo, y sólo hace cambiar de dueño. Ten el valor de afrontar tus errores. Al menos son tuyos. ¿Prefieres vivir reprochando a otros lo que tú no te atrevieras a decidir?

sábado, 27 de diciembre de 2008

Dragones, unicornios, y dependencias simétricas


Para mí, que no soy psicólogo profesional, ni psiquiatra, psicoanalista, terapeuta, asesor de pareja, ni escritor de libros de autoayuda (:p), una "dependencia simétrica" es una relación personal en la que:
- cada participante (y pienso en dos, normalmente) siente que necesita al otro tanto, que no se considera capaz de ser él/ella mismo/a sin la compañía cercana, el apoyo, y la cooperación del otro (por esto, es una dependencia),
- los participantes sienten que reciben lo mismo que dan: Se sienten correspondidos (y por esto es simétrica).


Intentaré explicar esto:
- En primer lugar, dejar claro lo que está en negrita: En mi humilde opinión, los asuntos afectivos se miden en términos se percepción, de pareceres, de sentires, y son por tanto subjetivos, por mucho que cuando queramos ser tajantes usemos expresiones como "sinceramente" (se supone que uno va a ser sincero siempre con su pareja, pero la sinceridad es lo primero que desaparece, y casi siempre con la excusa del miedo a herirla con nuestra verdad), "objetivamente", etc.
Todo esto significa que no existe una sola verdad en las relaciones personales. Por supuesto tampoco la que estoy escribiendo aquí, que no es más que mi opinión.

- cuando uno siente que para ser él mismo (ser feliz, sentirse completo, etc.) precisa de otra persona, existe una dependencia. Una dependencia no es algo malo de por sí; para mí las dependencias son negativas cuando son desiguales, desequilibradas. Y para serlo, basta con que uno sólo de los participantes así lo sienta.

- Sobre el segundo punto, procurar tal simetría no depende, claro está, de nosotros. No del todo. Sólo la mitad. Para mí, visto así, es fácil de comprender:
Cuando uno siente, al principio de una relación, o pasado un tiempo, o simplemente cada vez que hace balance, que vive la relación de modo desigual, tendrá motivo de queja. La queja trae el reproche, el reproche la crítica, la crítica el rencor, el rencor la pérdida de confianza y del respeto. Y bueno, toda la cadena de trabas a la comunicación, que sería lo que podría solucionar tantos conflictos.
Por descontado, soy de los que creen que cuando sientes la necesidad de hacer balance, es que ya estás intuyendo que existe un desequilibrio, y eso te impulsa a comparar.

- Esto que acabo de mencionar lo considero aplicable a los dos grandes grupos de relaciones (ay, las marrditas etiquetas): Amor y Amistad. Pero, y ¿qué hay de todas esas "zonas grises"?
Puff, intentar definir por separado el amor y la amistad, anda que no se habrá intentado veces.
Yo ni lo intentaré. Al menos, en esta entrada.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Re-Uff!! (Explicación de la anterior)

Recibí una propuesta para explicar mejor mi anterior entrada, con una lista de preguntas, y después de consultar con la persona implicada, aceptó que publicara mis respuestas, ya que creo que servían para aclarar lo expuesto en la entrada anterior:


.- ¿Es una exposición escrita de lo que estás viviendo ahora, o es un pensamiento de carácter general sobre la amistad desde un punto de vista particular?
.-En el primer supuesto, ¿qué ha generado este pensamiento?
.-Siguiendo con el mismo supuesto, ¿no crees que es muy fácil no arriesgar al 100% y así culpar al otro cuando las cosas no salen bien?
.-¿Por qué crees que la etiqueta que los otros le ponen a la amistad no se corresponde con la realidad? ¿Según qué patrones la mides? ¿Quién está equivocado?



Respuesta a tu primera pregunta: Es una exposición escrita de lo que estoy viviendo ahora, Y, es un pensamiento de carácter general sobre la amistad desde un punto de vista particular.
Es ambas cosas. Es una reflexión acerca de lo que vivo. Dado que todos buscamos certezas, una forma de tenerlas es sacar cosas en limpio de lo que nos sucede, y de cómo nos relacionamos. Tengo por certeza que existen muchos matices en las relaciones, sean de amistad o de amor. Con tal que la idea que tengan cada uno de los dos participantes en una relación difiera en su concepto, en sus intenciones, en sus intereses, llamarán a dicha relación de modos diferentes, esperarán resultados diferentes de ella y la vivirán con actitudes diferentes.

Respuesta a tu segunda pregunta, ¿qué ha generado este pensamiento?, la respuesta es sencilla: El cúmulo de experiencias en mi vida, sobre las cuales, como digo, reflexiono, y saco conclusiones para poder vivir con certezas en las que asentar mis criterios. Como todo hijo de vecino, espero...

Respuesta a tu tercera pregunta: Decirte que me interesó especialmente, por lo siguiente: En tu pregunta, tal como la formulas, intuyo una actitud de reprender ante otra actitud, típica en muchas amistades, que hayas podido encontrarte en tu vida, y que te desagrada. Eso sesga la pregunta, ya que en el enunciado manifiestas una opinión que deduzco ya tienes ante una cuestión sobre la que se supone que estás preguntando.
Pese a eso, respondo sin cautelas: Es muy fácil no arriesgar al 100%, se trate de amor o de amistad, o de "loquequieraquehayaenmediodetalesextremos". El miedo a no gustar, a ser rechazado, a la soledad, y/o la necesidad de pertenecer a, y/ o de depender de, y/o la necesidad de que dependan de nosotros, son todas ellas causas y explicaciones para actitudes de reserva ante los demás. Y están a la orden del día.
La segunda parte de tu pregunta es lo más sustancioso de una legítima crítica a esa actitud que según parece se conoce como de "pasivo-agresivo": No trabajar en pro de algo, y después no sentirse parte del problema. Bien. Como ya sabes, dado que has leído mis anteriores comentarios sobre este tema, estoy con los que critican tales actitudes. Por experiencia propia. Antes que fraile fui monje, y cometí muchas veces el error de vivir pensando que las cosas que me sucedían no podían ser culpa mía, ni en parte.
Cuando alguien te ofende una vez, es culpa suya. Cuando te ofende dos veces, es culpa tuya. Y si yo no aprendo de eso, cuando me suceda a mí, aunque sólo sea la primera vez, también será culpa mía. Los errores, propios y ajenos, están ahí para que aprendamos de ellos.

Respondiendo a tu cuarta pregunta, lo siento, pero tal como la planteas, creo que no me he explicado lo bastante claro. Te diré qué pienso, y qué no pienso, con otras palabras:
No pienso que las etiquetas que otros ponen no respondan a la realidad, y que las nuestras sí. Pienso que "la realidad" no es ni de uno ni de otro, puesto que es una opinión, y la de uno vale tanto como la de otro, y ninguna es mejor. En otras palabras, pienso que en las relaciones humanas, casi nunca hay una misma verdad para ambos miembros, y es por eso que las etiquetas casi nunca coinciden.

Por eso, respondiendo a tus otras preguntas, te digo que no mido la realidad, porque no es un patrón. Por tanto, en respuesta a "¿quién está equivocado?": Nadie. Cuando están enfadados, o furiosos, si se lo preguntas a uno, dirá que el otro, y si se lo preguntas al otro, dirá que el uno.
Lo importante es que se les pase el enfado, y que al menos uno de ellos sea capaz de decir "es culpa mía", sirva o no sirva.

Conócete a ti mismo, dice el oráculo de Delfos, ¿verdad? Eso es lo verdaderamente valioso. Teniendo eso, todo lo demás es posible.

martes, 9 de diciembre de 2008

Uf!!

A veces no es que no tengas nada que decir, es que no te sale. Tienes ideas rondando en tu cabeza, y tienes unas cuantas cosas claras, pero no encuentras las palabras justas, o las frases que lo digan tal como lo sientes.
Cuando tenía pareja pensaba en los problemas de comunicación con la pareja. Ahora pienso en los problemas de relación con los amigos. Estoy recordando canciones de los Beatles, como The End, cuando dice "and in the end/ the love you take/ is equal to the love/ you made".
Bueno... según.

Yo creo que el estado más corriente de las relaciones es el desequilibrio. Y claro, como es una percepción del todo subjetiva, lo que para uno es mucho, para otro puede ser muy poco, y viceversa. Pero no es egocéntrico sentir que no se recibe correspondiendo a lo que se ofrece, igual que casi nunca es engreído sentir que se pone más de lo que se gana. Yo soy de los que creen que quien más puso más perdió. Seguro.

El caso es que si hay muchas clases de relaciones de pareja, cuántas no habrá de amistad... Pero quizás sea ése el auténtico problema: Antes que ser o no correspondido, el poner etiquetas con nombres que no coinciden. Lo hacemos todos. Imagino que es por pura supervivencia, al fin y al cabo necesitamos organizar nuestras relaciones en orden de importancia, necesitamos certezas en el día a día, y no digamos ya seguridades para el futuro. Esto último suele convertirnos en miedosos.

En fin, para mí la clave es como ocurre con tantas clases de relaciones, como en política, que las mismas palabras significan cosas diferentes para cada persona, y se requiere mucho tiempo, y muchas conversaciones con sustancia (cada vez hablamos de cosas más superficiales) para esclarecer qué es la verdad, y si puede haber una misma verdad para dos personas. Quién sabe, ésta podría ser una definición de amistad o de amor válida para algunos. Para mí lo es.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Ser simpático, el "buenismo" y... la cara de tonto que se te queda.

Cuando cumplí 14 años descubrí, en las risas que me secundaban, que tenía una notable capacidad de ser gracioso con un humor sarcástico. La ironía no se me daba mal, y por lo visto tenía un vocabulario lo bastante amplio como para poder faltar al respeto sin que mi víctima se diese cuenta de que me importaba un pito su dignidad.
Honestamente, yo podría tener el vocabulario que fuese, que lo importante era tener mala leche o no tenerla. Y yo tenía mucha. Había sido objeto de escarnio y burla durante muchos años, y aquélla era mi particular venganza de débil que descubre que puede ser más "fuerte" que otros, y que por muy víctima que uno se sienta, siempre se puede ser verdugo de alguien. Ya sabeis, la adolescencia: Comer o ser comido.

Con el tiempo descubrí que la crueldad con la que atraje las simpatías y el respeto de muchos equivalía exactamente al rencor y el desprecio de todos los que acababan dándose cuenta del mío.
Y eso me hizo pensar.

Decidí (porque ser "bueno" o "malo" se puede decidir) que debía cambiar, y debía ofrecer a los demás mi mejor versión, que no es más que ser para los demás lo que deseamos que los demás sean para nosotros.
En esto hay un problema. Y está en que ofrecer siempre una buena cara a los demás tiene muchos riesgos para la personalidad de uno mismo. Para empezar, si ser simpático es un esfuerzo, antes o después uno se agota. Así que deja de serlo, y cae en la cuenta de que no ha sido uno mismo, sino que ha estado interpretando el papel de "bueno", de simpático, con el fin de... ¿gustar? ¿agradar? ¿sentirse aceptado?
¡Ay! Me parece que la necesidad de ser aceptado está detrás de tantos problemas de personalidad...

En la relación con los demás, amigos, novios, esposos, padres, jefes... interpretar un papel es la peor decisión. Hemos crecido con la enseñanza de que debemos ser positivos hacia los demás, pero creo que quienes intentaron enseñarnos se rasgarían las vestiduras cada vez que nos ven confundir ser flexible con hincar la rodilla, ser conciliador con renunciar a nuestros principios... Por cierto, ¿cuántos de nosotros tenemos principios?

Hoy vivo convencido de que mis principios, los nuevos (jejeje), me hacen ser exigente con los demás. Pero intento siempre evitar juzgar a alguien, amigo o enemigo, por algo que sea capaz de reconocer en mí mismo. No vivo en la creencia de que soy mejor que nadie, pero hay actitudes que alejo de mí. Y eso implica alejar a personas de mí.

Hace poco leí una anécdota en la que un médico recordaba el típico episodio de la infancia en el que una madre reñía y pegaba a una mesa por estar en el camino del crío que no había sabido esquivarla. Echarle la culpa al otro es otra de esas actitudes que nos inculcan desde tan pequeños, que como adultos las hacemos día a día sin darnos cuenta. Y muchas veces explicaremos, y nos convenceremos, de que nada de lo que nos sale mal tiene su origen en nosotros mismos.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Un cuento

En el despacho de una profesora de educación infantil prematuramente fallecida se encontró un pequeño bloc de notas. En él, las entradas anotadas versaban sobre las observaciones que la profesora había mantenido durante más de un año acerca del comportamiento de varios sujetos, varones y mujeres.
He aquí algunas de esas observaciones:

- Ana y Raquel se las han arreglado para hacer ver a Sofía que es diferente a ellas. Muestran desdén hacia ésta última, y prefieren mantenerse lejos de ella, según parece amparándose en el criterio de que Sofía tiene la piel algo más oscura que las otras, y como ella es una, y las otras, dos, ella es anómala, y eso la convierte en una categoría diferente y separada a las demás.

- Sofía, por su parte, empieza a hacerse consciente de que tanto Ana y Raquel, como otros compañeros de su entorno, evitan estar junto a ella, ya que no la ven como una igual, en el sentido de que no se identifican en ella, dado que su aspecto es diferente. Sofía parece estar desarrollando una conciencia de sí misma como alguien anómalo.

- La conciencia de Sofía de su diferencia tiene visos de hacerla verse como anómala por sí misma, y afectar pronto a sus relaciones con los demás, ya que semeja mostrar vergüenza de su persona, por su aspecto físico diferente.

- Rubén parece ajeno al proceso de disgregación que están llevando a cabo Ana, Raquel, y Sofía misma. Se relaciona con ésta con la misma implicación y respeto a las normas no escritas, aceptando los roles establecidos en las rutinas de desarrollo de la identidad, así como los juegos de inversión de patrones.

- El día de hoy se ha dado otro paso en el proceso de marginación y auto-marginación de Sofía: Ha rechazado la compañía de Rubén, llamándole estúpido. Preguntada por el motivo de su actitud, Sofía manifiesta que hay que ser realmente estúpido o ciego para preferirla a ella antes que a las demás. Esto implica la asunción por Sofía de criterios ajenos como propios. Rubén, obviamente, está desconcertado.

- Preguntado Rubén por qué le gusta la compañía de Sofía, manifiesta con plena convicción que es muy divertida, sabe inventar juegos e historias, insultos, y le gusta hacerla reír, porque Sofía se ríe como si roncase. Y eso le desternilla. Literal.

- Cuando a Rubén se le pregunta por cuáles son las chicas más guapas de su entorno, titubea mucho rato. No parece haberse planteado tal cuestión en ningún momento. Finalmente, responde de manera que ubica a Sofía, su mejor amiga, en tercer lugar. Rubén parece por tanto haber asumido una idea de la belleza física ajena a la personalidad de sus compañeras.

Estudiando los anuarios de la escuela, se averiguó que la profesora nunca tuvo alumnos con tales nombres a su cargo. En cambio, dichos nombres correspondían a miembros de su grupo de amistades.


Podemos pasarnos la vida reproduciendo patrones, da igual que seamos niños de parvulario o profesionales con carrera. La educación sentimental dura toda la vida, y tristes los que la pasan filtrando su felicidad... a través del espejo.

sábado, 6 de septiembre de 2008

No se me ocurre


El otro día quise escribir una entrada acerca de las relaciones personales, y cuando llevaba un buen rato pensando, y otro buen rato escribiendo, tuve que dejarlo. Estaba en el trabajo, y había tenido un rato libre para mí, pero me surgió tarea y cerré. Creía haber guardado un borrador, pero por lo que sea no fue así. Empezaré de nuevo... y seguro que no me enrollo tanto:

Lo cierto es que nacemos desnudos y casi ciegos. Mucha gente vive así toda su vida. Empieza dependiendo de su madre, y después ya no deja de depender de alguien hasta que se muere. Quizás sea inevitable. Igual está en nuestra naturaleza humana depender, y claro está, ocurre que las personas de las que dependemos, también dependen de nosotros.
Así que de hecho somos a la vez dependientes y... y... ¿cuál es la otra palabra para decir que alguien depende de nosotros? ¿Dependedores? ummm, suena curiosamente parecida a "depredadores".

En fin. La cuestión gorda aquí es qué tiene de malo depender. Veamos: No podemos evitar depender porque necesitamos ser queridos. Somos conscientes del mundo, y queremos compartirlo. Para ello desarrollamos incluso lenguajes hablados, que llenamos de palabras que nos ayuden a exponer fuera de nosotros nuestro mundo interior. Si no pudiéramos hablar también comunicaríamos, porque los abrazos, besos, caricias, gestos, miradas, dicen mil cosas que nos vinculan a los otros. Un vínculo, eso es.

Bueno, vale. Pero, ¿por qué depender? ¿Por necesidad? No sé, no sé. Un bebé necesita a su madre. ¿Y un adulto? Un adulto sigue queriendo a su madre, o a su padre, aunque a efectos de supervivencia, no los necesita. ¿ Y a una pareja? Seguro que se la necesita... (léase con soniquete irónico). Los amantes nos decimos "te necesito", "no puedo vivir sin ti", "sin ti no soy nada" ( como Amaral)... Supongo que nos educamos perpetuando modelos, y pocas veces nos plantamos, y nos planteamos si los modelos que aprendimos están bien o mal.
Sí, ya lo sé, lo de bien o mal es muy subjetivo. Venga, me mojo y digo que bien es no sufrir y mal es sufrir. Pero ojo, sin egoísmos, ni tampoco resignaciones: No hacer lo que no queremos que nos hagan a nosotros ( no conozco mejor ética que la que vertebró Kant).

Yo creo que el modelo de amor, de cualquier amor: padres a hijos, parejas, amigos, hermanos, en fin, de toda clase, está mal. La enorme mayoría de las relaciones personales que conozco está llena de miedo. No llamo a otra cosa que al horror de tantas personas a estar a solas consigo mismas, de no soportar el silencio para no escuchar sus propios pensamientos. Quizás no les gusten. Yo conozco a muchas personas que incluso se molestan cuando se descubren reflexionando.

El caso es que anteayer me preguntaste si entre tú y yo había una dependencia, y quién era el que dependía del otro. Me paré un segundo, pensé en nuestras conversaciones, y me dije ( y te dije) que como yo parezco estar siempre positivo (esto le encantaría a Van Gaal), y tú a veces tienes bajones, yo tiraba por ti. Así que si hubiera una dependencia, sería mayor de ti hacia mí que al revés.
Y esa respuesta es la que no me gustó. Sobre todo porque se suponía que lo que intento hacer contigo, y con los demás, es lo que desearía que los demás me hicieran a mí: Fomentar mi libertad, apelar al legítimo derecho de todos de ser libres, y libre aquí dicho como capaz. Autónomo, lo más independiente posible. Todo menos voluble.

Yo quisiera estar seguro de que cuando hablamos de relaciones personales, consigo hablar de tú a tú, de igual a igual, y romper la paradoja de que lo claro de mis principios y lo firme de mis intenciones provoque una adhesión irreflexiva por ti, o por quien sea, porque eso sólo es seguir dependiendo, en este caso de lo que yo diga.
En pocas palabras, pretendo hacer pensar, y no que piensen-como-yo. Eso sería hacer a la gente cambiar una dependencia por otra. Hacerse mayor no es cambiar un collar por otro, sino hacerse amo. Y si todos fuésemos amos, pues... habría que cambiar de palabra! "Persona" me gusta más.

Yo no sé más que nadie... y mucho menos de relaciones humanas.
Yo escucho los relatos ajenos, y tengo mi propio relato. Cuando los compartimos, yo saco mis conclusiones. No soy mejor ni peor que tú. Los dos somos personas.