Con las mejores intenciones puede hacerse mucho daño.
Veamos un supuesto práctico:
Dos amigos conversan en profundidad sobre sus respectivas actitudes en sus relaciones personales: Si son en pie de igualdad, o si (desgraciadamente como en el 90 % de las veces) se viven en un desequilibrio por el cual la tercera persona o ellos mismos se sienten necesitados del otro. Sea como fuere, entre esos dos amigos uno detecta que su misma relación consiste en una dependencia, ya que el uno ha llegado varias veces a afirmar que el otro tiene razón en sus razonamientos, a los cuales el uno dice que no habría llegado.El caso es que uno de los dos se apoya en el otro para encontrar respuestas, y ahí está el quid de la cuestión.
No me lío. Sí, acertais. Esta es una entrada más acerca de la dependencia. Uno de mis fantasmas recurrentes. Como John Nash, que aprendió a convivir con sus fantasmas en “Una Mente Maravillosa”, yo intento convivir con el fantasma de la dependencia en las relaciones personales. Y me la encuentro continuamente. No niego que lo ideal es relacionarse con la confianza de que no hay un sentimiento de responsabilidad y/o de protección que condicione.
Sin embargo, para bien o para mal (ya os digo que a mi humilde entender es para mal), siento que la tendencia natural de las personas es la de construir relaciones de dependencia con los otros. Al fin y al cabo, nacemos de lo más dependiente que podamos imaginar, y como niños y adolescentes crecemos pendientes de modelos de conducta, bailando entre unos y otros, y así construimos lo que somos.
Lo difícil es dar otro paso más. Así que, retomando nuestro supuesto práctico, lo más lógico y coherente es, una vez detectada esa dependencia, advertírsela a la otra parte, y combatirla de algún modo.
Ayyy, pero ése es el por qué de esta entrada: ¿Cómo combates una dependencia que forma parte de esa amistad tan profundamente que es la misma esencia de esa amistad? O sea, que es la que diferencia e identifica a esa amistad frente a cualquier otra.
Y pensando en ello, veo que la cosa consiste básicamente en decidirse entre dos opciones:
- Hacer como tan bien expresó Shakespeare en unos versos (leídos en una entrada reciente de Majo, y que vienen aquí como anillo al dedo), no tocar algo para no estropearlo cuando lo que se pretendía era mejorarlo,
- O ser leal a los propios principios (algo tan escaso hoy día), deshacer y volver a levantar una y otra vez lo construido hasta que quede equilibrado, y perseverar en ese ideal, aún a sabiendas de que... con las mejores intenciones puede hacerse mucho daño.
Quien os habla no es el rey del mambo. Puede hablar sereno de la dependencia, seguro de que la conoce bien. Pero... ya sabéis, este supuesto en realidad le sucedió a un amigo. ;-p
Veamos un supuesto práctico:
Dos amigos conversan en profundidad sobre sus respectivas actitudes en sus relaciones personales: Si son en pie de igualdad, o si (desgraciadamente como en el 90 % de las veces) se viven en un desequilibrio por el cual la tercera persona o ellos mismos se sienten necesitados del otro. Sea como fuere, entre esos dos amigos uno detecta que su misma relación consiste en una dependencia, ya que el uno ha llegado varias veces a afirmar que el otro tiene razón en sus razonamientos, a los cuales el uno dice que no habría llegado.El caso es que uno de los dos se apoya en el otro para encontrar respuestas, y ahí está el quid de la cuestión.
No me lío. Sí, acertais. Esta es una entrada más acerca de la dependencia. Uno de mis fantasmas recurrentes. Como John Nash, que aprendió a convivir con sus fantasmas en “Una Mente Maravillosa”, yo intento convivir con el fantasma de la dependencia en las relaciones personales. Y me la encuentro continuamente. No niego que lo ideal es relacionarse con la confianza de que no hay un sentimiento de responsabilidad y/o de protección que condicione.
Sin embargo, para bien o para mal (ya os digo que a mi humilde entender es para mal), siento que la tendencia natural de las personas es la de construir relaciones de dependencia con los otros. Al fin y al cabo, nacemos de lo más dependiente que podamos imaginar, y como niños y adolescentes crecemos pendientes de modelos de conducta, bailando entre unos y otros, y así construimos lo que somos.
Lo difícil es dar otro paso más. Así que, retomando nuestro supuesto práctico, lo más lógico y coherente es, una vez detectada esa dependencia, advertírsela a la otra parte, y combatirla de algún modo.
Ayyy, pero ése es el por qué de esta entrada: ¿Cómo combates una dependencia que forma parte de esa amistad tan profundamente que es la misma esencia de esa amistad? O sea, que es la que diferencia e identifica a esa amistad frente a cualquier otra.
Y pensando en ello, veo que la cosa consiste básicamente en decidirse entre dos opciones:
- Hacer como tan bien expresó Shakespeare en unos versos (leídos en una entrada reciente de Majo, y que vienen aquí como anillo al dedo), no tocar algo para no estropearlo cuando lo que se pretendía era mejorarlo,
- O ser leal a los propios principios (algo tan escaso hoy día), deshacer y volver a levantar una y otra vez lo construido hasta que quede equilibrado, y perseverar en ese ideal, aún a sabiendas de que... con las mejores intenciones puede hacerse mucho daño.
Quien os habla no es el rey del mambo. Puede hablar sereno de la dependencia, seguro de que la conoce bien. Pero... ya sabéis, este supuesto en realidad le sucedió a un amigo. ;-p
