Esta vez, traigo el comentario que hice a la novela de Stefan Zweig en un club de lectura de internet, hace unos meses.
Primero, decir que he encontrado muchas frases excelentes para definir rasgos de la personalidad, carencias, manías, vicios, pasiones, miedos, y que su valor, como corresponde a algo tan profundo, está vigente de modo intemporal, sea en la Europa Central de la primera mitad del siglo XX, u hoy mismo. No reproduciré ningún pasaje en especial, porque acabaría llenando una entrada enorme, tan grande es el número de los que me tocaron.
En ellos hay montones de agudas observaciones psicológicas, sociológicas, sentimentales... sobre la naturaleza de las relaciones humanas. Sólo por esto la novela valdría mucho la pena. Pero hay muchísimo más.

Bueno. Es el relato de una tragedia en una época trágica, a cargo de uno de sus protagonistas. Es también el relato de una triste incomunicación, que paradójicamente, dice mil cosas: La confusión entre la realidad y el deseo, la falta de libertad del narrador-protagonista ante un mundo lleno de prejuicios que se interponen entre él y Edith...
Estos prejuicios son de varios tipos, pero demasiado numerosos para Hofmiller, incluso para ser derribados a lomos de un caballo.
Primero, decir que he encontrado muchas frases excelentes para definir rasgos de la personalidad, carencias, manías, vicios, pasiones, miedos, y que su valor, como corresponde a algo tan profundo, está vigente de modo intemporal, sea en la Europa Central de la primera mitad del siglo XX, u hoy mismo. No reproduciré ningún pasaje en especial, porque acabaría llenando una entrada enorme, tan grande es el número de los que me tocaron.
En ellos hay montones de agudas observaciones psicológicas, sociológicas, sentimentales... sobre la naturaleza de las relaciones humanas. Sólo por esto la novela valdría mucho la pena. Pero hay muchísimo más.
Bueno. Es el relato de una tragedia en una época trágica, a cargo de uno de sus protagonistas. Es también el relato de una triste incomunicación, que paradójicamente, dice mil cosas: La confusión entre la realidad y el deseo, la falta de libertad del narrador-protagonista ante un mundo lleno de prejuicios que se interponen entre él y Edith...
Estos prejuicios son de varios tipos, pero demasiado numerosos para Hofmiller, incluso para ser derribados a lomos de un caballo.
Están los prejuicios de clase, me refiero a los económicos, a los que se expresan en relación a los bienes materiales. Hofmiller queda fascinado por el envoltorio, por el escenario de la acción, que le atrapa como la miel a la mosca. Él, un oficial del ejército imperial, donde la austeridad es una marca tanto externa como de carácter, sucumbe con facilidad al brillo, a las porcelanas, las pitilleras de oro...
Están los prejuicios de raza, claramente expuestos en la novela en un momento particular en que se habla de la vergüenza ante el compromiso con una familia judía. Aún en el caso de que no hubiesen sido abiertamente reconocidos en el relato de Hofmiller, sabiendo que nos encontramos en la Europa Central del primer tercio del siglo XX, el antisemitismo se debe dar por descontado. El hecho de que Hofmiller hable de ello, con todo, es una de esas señales que me inclinan a pensar en la novela como un relato catártico, una purga, una penitencia, por confesión de los pecados de un pasado que ya nunca le abandonará.
Están los prejuicios de género. Son obvios. El hecho de encontrarnos en un mundo caballeresco nos indica cuáles son los reducidos roles que corresponden a la mujer. Si además se acentúan con la juventud de Edith, el paternalismo que caracteriza las actitudes machistas, es decir, la posesión personal, la pertenencia, la dependencia... hacen que la rebeldía de Edith ante lo que es ( y no hablo aquí de su parálisis) como mujer, como niña, como quien se resiste al rol que le da un mundo de hombres ya por el mero hecho de ser mujer, se contemple como inmadurez ante la narración de Hofmiller. La mujer ha sido hasta hace... diez minutos, un bien material que quien tenía debía entregar en las mejores condiciones, e incluso pagando ( la dote) a quien se hiciese cargo de ella (increíble, verdad?). Por tanto, cobra aquí importancia capital el siguiente prejuicio.
El estético.
En esta historia, como en casi todas, novelas o reales (acaso no inspira la realidad a la ficción? o era al revés?), Edith ES una inválida. No está paralizada, sino que es una "inútil". A los ojos de todos, no "sirve" para lo que sí sirve Ilona. De ahí la enorme consternación de Hofmiller al descubrir que Edith ama, y no sólo eso, sino que desea. Que su cuerpo es mucho más que las piernas inmóviles. Y que su persona es mucho más que una niña caprichosa, sino una mujer que no se quiere resignar a vivir postrada, física y moralmente.
La novela, como en tantas historias, también en el teatro, presenta personajes desdoblados en dualidades: Tenemos a Hofmiller y al Doctor Condor, a Edith e Ilona, a Kekesfalva y al Coronel. Son personajes antitéticos. Sólo me detendré en el militar y el médico, y sin profundizar apenas, es obvia la elección de sus oficios para acentuar sus diferencias: El militar recibe órdenes, necesita una misión que cumplir, necesita conocer sus límites, la libertad de acción le desconcierta, y la rechaza y, además, como joven e inexperto, se siente seguro cuando le dicen qué debe hacer.
El médico vive, disfruta de una buena comida, incluso ante los ojos desdeñosos de un soldado más preocupado de una buena imagen... fachada. Es sensible, y asume sus sentimientos. Quizás sucumba a la culpa, pero he aquí uno de los puntos clave de la novela: la intervención de la mujer del médico, que no podía ser de otro modo, es CIEGA.
Solo aquí citaré el libro. Es claro cómo, hacia la pág. 447 de mi edición, leemos "Me incliné y besé la mano. Cuando levanté la cabeza, no comprendi que esa mujer de pelo gris y de boca áspera, y con la amargura de sus ojos ciegos, hubiera podido parecerme fea la primera vez, pues el amor y la compasión iluminaban su rostro. Tuve la impresión de que aquellos ojos que ya sólo reflejaban oscuridad para siempre sabían más de la realidad de la vida que todos los que pueden mirar el mundo claros y radiantes."
Ésta es para mí la clave de la historia, y su clímax. Al fin y al cabo, el resto, es previsible, y se consuma la tragedia.
Sobre la piedad, y la compasión, creo que son pasiones condicionadas por todos estos prejuicios. De modo que Edith abre su corazón a quien creía que no tenía en cuenta su aspecto, sino que la había visto con otros ojos. Cuando comprende que no es así, que nadie puede verla más allá de sus piernas, en fin... Está escrito.
