lunes, 12 de octubre de 2009

Las mejores intenciones.


Con las mejores intenciones puede hacerse mucho daño.

Veamos un supuesto práctico:

Dos amigos conversan en profundidad sobre sus respectivas actitudes en sus relaciones personales: Si son en pie de igualdad, o si (desgraciadamente como en el 90 % de las veces) se viven en un desequilibrio por el cual la tercera persona o ellos mismos se sienten necesitados del otro. Sea como fuere, entre esos dos amigos uno detecta que su misma relación consiste en una dependencia, ya que el uno ha llegado varias veces a afirmar que el otro tiene razón en sus razonamientos, a los cuales el uno dice que no habría llegado.El caso es que uno de los dos se apoya en el otro para encontrar respuestas, y ahí está el quid de la cuestión.

No me lío. Sí, acertais. Esta es una entrada más acerca de la dependencia. Uno de mis fantasmas recurrentes. Como John Nash, que aprendió a convivir con sus fantasmas en “Una Mente Maravillosa”, yo intento convivir con el fantasma de la dependencia en las relaciones personales. Y me la encuentro continuamente. No niego que lo ideal es relacionarse con la confianza de que no hay un sentimiento de responsabilidad y/o de protección que condicione.

Sin embargo, para bien o para mal (ya os digo que a mi humilde entender es para mal), siento que la tendencia natural de las personas es la de construir relaciones de dependencia con los otros. Al fin y al cabo, nacemos de lo más dependiente que podamos imaginar, y como niños y adolescentes crecemos pendientes de modelos de conducta, bailando entre unos y otros, y así construimos lo que somos.

Lo difícil es dar otro paso más. Así que, retomando nuestro supuesto práctico, lo más lógico y coherente es, una vez detectada esa dependencia, advertírsela a la otra parte, y combatirla de algún modo.

Ayyy, pero ése es el por qué de esta entrada: ¿Cómo combates una dependencia que forma parte de esa amistad tan profundamente que es la misma esencia de esa amistad? O sea, que es la que diferencia e identifica a esa amistad frente a cualquier otra.

Y pensando en ello, veo que la cosa consiste básicamente en decidirse entre dos opciones:
- Hacer como tan bien expresó Shakespeare en unos versos (leídos en una entrada reciente de Majo, y que vienen aquí como anillo al dedo), no tocar algo para no estropearlo cuando lo que se pretendía era mejorarlo,
- O ser leal a los propios principios (algo tan escaso hoy día), deshacer y volver a levantar una y otra vez lo construido hasta que quede equilibrado, y perseverar en ese ideal, aún a sabiendas de que... con las mejores intenciones puede hacerse mucho daño.

Quien os habla no es el rey del mambo. Puede hablar sereno de la dependencia, seguro de que la conoce bien. Pero... ya sabéis, este supuesto en realidad le sucedió a un amigo. ;-p

12 comentarios:

Cris dijo...

Lo complicado es conseguir el equilibrio. Yo me voy un poco al extremo contrario, creo que tiendo a la frialdad: llegados a un punto, me incomodan los excesos de confianza.

Supongo que la teoría de la solución de los dos casos es la autovaloración...

Besos.

Rosa dijo...

Sí, yo iba a decir algo parecido a lo que te ha dicho Cris.

No creo que la dependencia en sí sea mala. Todos dependemos de ciertas personas en unos aspectos u otros. Somos animales sociales, o por lo menos vivimos sujetos a una socialización.

Yo también creo que el equilibrío podría estar en ese punto en el que esa dependencia o esa necesidad de otras personas no se llegue a convertir en algo que invalide nuestras propias capacidades, en algo que nos haga renunciar a una parte de nosotr@s. Si no ya la cosa se pone jodida.

Besos.

Majo dijo...

Si algo nos gusta y volvemos a hacerlo... ¿terminamos dependiendo de ello? ¿Cómo se puede uno no enganchar a algo que le causa placer (y no causa daño a nadie, claro está)? ¿Acaso todo lo que nos place nos termina dañando? Viéndolo así, y sabiendo -como dice Marina- que "no somos islas", veo poca solución, la verdad... :(

Lo de Shakespeare claro clarísimo, pero también el no tocar algo (aunque esté bien), hace que no evolucione, que no progrese, que se estanque. El estancamiento lleva muchas veces al aburrimiento.

Amigo, la cosa está muuuuy mal si le damos vueltas, ¿no crees?

A través del espejo dijo...

Holas!
En lo del equilibrio estamos todos de acuerdo. De todo en la vida, y de nada demasiado. Sobre las dependencias, más que nada decir que son inevitables, pues nadie es autosuficiente. Pero eso no significa que todas las dependencias sean iguales, o que todas sean buenas sólo porque son naturales. Para mí eso es un error.

Toda relación con otra persona que conlleve dependencia, incluso aunque sea mutua, acarrea frustración, porque en algún momento el otro incumple las expectativas que tenemos sobre su conducta, y viceversa.

La frustración trae la queja, la queja el reproche, el reproche las exigencias, y con las exigencias no cumplidas llega más frustración.

Creo que este tipo de relación, que ya digo que debe de ser más o menos el 95 % de los casos, es el que toma por amor lo que es miedo a estar solo. Así que donde supuestamente ponemos amor estamos encarcelando. Y ahí es donde aparecen los chantajes emocionales, los "si me quisieras harías/ no harías esto por mí". El manipular al otro, el convertirlo, o intentar convertirlo, en lo que creemos que debe ser.

Y ocurre siempre. Con esto respondo a Majo acerca del placer de engancharse a "algo"... o a "alguien", que es de lo que yo hablo, al fin y al cabo. Da lo mismo que lo llames amigo, marido, amante o pichurri.

Tarde o temprano el placer que obtienes de ellos no te bastará sobre todo si entiendes que sólo ellos te pueden dar placer o si sólo es placer lo que quieres obtener de ellos. Porque no son objetos pasivos, sino que interactúan. Y lo que obtienes/ obtienen y lo que ofreces/ofrecen es el fruto de un intercambio acordado, de un pacto más o menos expreso.

¿Soluciones? Pues... volviendo a John Nash, diversificar el riesgo. Que nuestras dependencias sean lo menos individualizadas y concretas posible. Que sepamos tener la mente y el corazón abiertos al respeto a nosotros mismos, para así respetar a los demás.

Dice Marina que no somos islas, y estoy con él. Ni preconizo ser islas, ni procuro parejas dependientes. Existe un término medio, y para mí está en que ambos miembros deseen ser tan libres de estar con el otro como de no estarlo, de manera que su compañía forme parte de una elección continua, constante, diaria, y no de un compromiso a futuro, como un cheque en blanco, sea cual sea el precio.

Con lo que si surge el "aburrimiento", mejor que tocar "algo" (que yo no hablo aquí de "algo", sino de alguien, de manipular a los demás para que sean lo que queremos, y que ellos no tienen por qué ser), mejor, digo, aceptar que es mejor buscar en otro "lugar".

Sobre el "estancamiento", y la falta de "evolución" en una relación, creo que lo primero que habría que tener claro es quién quiere que evolucione. Porque si uno de los dos no quiere, el otro estará forzando la situación. Y la verdad es que en un forzamiento no encuentro ni diversión ni placer.

Besos llenos de placer de leeros.

Rosa dijo...

"El manipular al otro, el convertirlo, o intentar convertirlo, en lo que creemos que debe ser".Eso que has dicho me ha recordado una frase de Oscar Wilde, que decía algo así: "Lo insoportable de las mujeres es eso: que nos quieran convertir. Les gusta conocernos malos, y en cuanto nos convierten en buenos, nos dejan".
Sólo eso, ah y un beso.

Sâddha dijo...

Varias cosas, la primera es algo obvio, la buena intención no es un cheque en blanco, yo suelo recordar cuando doy charlas que hay que andarse con mucho cuidado con acomodarse en la buena intención porque con la mejor intención del mundo y con toda la empatía que puede desarrollar saca el niño al pez del agua para que no se ahogue, luego no siempre lo que uno desea es lo mejor para todos y si no probemos a juntarnos con un masoca e intentar disfrutar de su felicidad y a compartirla.
Por otro lado esto de la dependencia y el equilibrio y tal me ha recordado una conversación que tuve hace unos años con un psicólogo orientador de un instituto que me comentaba como las personas desarrollamos nuestras vidas en un continuo romper vínculos y restablecernos estableciendo otros y volviendo a romperlos y así continuamente porque esa es la única manera de crecer y desarrollarnos. Me decía, que comenzamos sufriendo el corte del cordón umbilical y pasando del calor y la comodidad del vientre materno a la cuna, luego nos acogemos al pecho materno y pasado un tiempo también lo tenemos que dejar para poder nutrirnos de otros alimentos que nos complementen, pero al menos nos queda el estar cogidos por los brazos de nuestros padres, aunque poco a poco estos nos van dejando cada vez más solos para que podamos empezar a gatear y poco a poco a andar y así sucesivamente vamos de abandono y de un desapego a otro apego para ir evolucionando. Con todo esto a mi se me ocurre que más que encontrar el equilibrio respecto a la otra parte de la dependencia, quizás la cuestión resulte más práctica mantener ese buscado equilibrio en el conjunto y en las conclusiones que nos van dejando todos los encuentros y desencuentros que nos van dibujando nuestro camino.
Aunque como todo cada cual tiene sus experiencias que son únicas e irrepetibles.

A través del espejo dijo...

Hola otra vez!

Amojavé, por dónde empiezo...
Bueno, ahí está la cuestión, dando juego y jugo por muy exprimida que esté. Será porque es un tema no resuelto, porque abunda (hasta copar toda idea de relación personal, e identificarse con ella).

La autovaloración que menciona Cris me interesa como actitud vital, y no sólo como meta o resultado. Sin embargo me da que eso es justamente lo que más acaba sucediendo: Se equivoca la idea de horizonte por perseguir, y se toma como meta que alcanzar. Y ojo!, no es lo mismo, porque en el primer caso, como diría Camarón, "por el camino...", mientras que en el segundo caso, no hay un durante marcado por una suma de etapas, sino una agonía frustrante.

(Madre mía, no sé si me explico. Menudo tocho-comentario me va a salir...)

Y digo que la copa porque "de oficio" no nos sale a ninguno pensar en una relación personal que no contenga dependencias. Y en este punto, una de dos: O decimos que hay dependencias "buenas" y dependencias "malas" (voto NO), o cambiamos la palabra "dependencia" por otra que evite la contradicción que hay en decir juntas "dependencias buenas"... Rosa.

Te cito, porque te leo "No creo que la dependencia en sí sea mala". Y ahí discrepo, porque sucede me da en la nariz que con la misma palabra no estamos hablando de lo mismo.

Para dejar clara la parte que me corresponde: Para mí depender es consecuencia de necesitar. Pero ojo, "necesitar" no como realidad de las personas en sociedad, sino de las personas como miembro de una pareja, hasta el punto en que se pierda esa igualdad, ese equilibrio al que creo que se refiere Cris.
Sociales sí, pero no por ello unos menos que otros.
Es una cuestión de grados, al fin y al cabo.

Con lo que orientándome a Saddah, veo que mi "horizonte por perseguir" me suena parecido (si no igual) a la cadena de vínculos establecidos- rotos-sustituidos-establecidos-rotos-sustituidos... que tú mencionas. Y de hecho, no a la cadena en sí, sino al aprendizaje que se deriva de asimilar todas esas fases de la vida como un proceso lógico y consecuente.

Mi problema es que lo que me fascina me suele desatar una verborrea incontenible.

Es muy de agradecer vuestra aportación pese a las vueltas que me empeño en darle.
Besos en pie de igualdad... (la culpa de los besos y abrazos con "etiqueta" es de Ant. Reclamaciones a él. ;-p)

Cris dijo...

No, la autovaloración claro que no es la meta. La autovaloración debería ser una autoevaluación constante para evitar que nos salgamos del camino que queremos/debemos.

No creo en la idea de dependencias buenas y malas (entre adultos, claro). Cualquier dependencia es mala. Más llanamente: no tenemos carencias que otro tenga que cubrir; tenemos cualidades que otros las puede complementar. Creo que teniendo esa idea clara por parte de los dos es difícil que se den casos de frustración.

Claro que... mira quién va dando consejos sobre pareja... jajajaja! Ya me vale.

Besos.

A través del espejo dijo...

Ay madre... si es que hasta estoy para sacarle jugo al comentario de tu comentario, Cris.

Bueno. Yo me veo a menudo en esa paradoja que comentas, sobre lo de no ser el más indicado para dar consejos sobre algo...
- Porque he "fracasado" en ello,
- Porque por mucho que lo intento, no tengo "éxito",
- Porque soy un "bicho raro" y no "encajo",
- Porque tengo un carácter no ya fernangomezano, sino pepesanchesco...

Da igual cómo lo planteemos. Lo que de veras importa es saber si realmente hemos fracasado, si lo que ha sucedido es que simplemente las personas con las que lo hemos intentado no compartían nuestra visión.

¿Deberían entonces ellos también decir que han fracasado?

Creo que no haberlo conseguido no nos deslegitima como personas que ofrecen una experiencia sincera de la cual sacar un aprendizaje.
Creo que sencillamente lo que nos lleva a hablar de "fracaso" es asumir como propio el criterio de éxito de esas personas con las que, seguramente llenos de cariño, lo intentamos.

Pero si es precisamente no compartir su criterio, su visión, y por extensión sus métodos y metas, lo que nos alejó de ellos, ¿por qué asumir el que sería su primer argumento lógico contra nuestra libertad para reflexionar sobre nuestra experiencia?

Mejor riamos, Cris. Porque sí te vale. Porque me vale.

Besos consecuentemente solidarios. (Sin comentarios)

Zumzeig dijo...

Hola, espero que al final terminemos conociéndonos del todo.
Buen viaje!

A través del espejo dijo...

Gracias... aunque ¿no crees que si nadie puede decir que se conozca del todo a sí mismo, parece imposible conocer del todo a otro?

Bienvenido/a!

Majo dijo...

Buen día.

Dijo Hemingway:

"Conocer a un hombre y conocer lo que tiene dentro de la cabeza, son asuntos distintos"

Y dijo Goethe:

"Si no pretendiéramos saber todo con tanta exactitud puede que conociéramos mejor las cosas"

Poco puedo más que añadir. Ni por actos repetidos puede uno conocer a otro hasta el punto de prever sus reacciones.

Besets